Se muestra en el gráfico elaborado a partir de estimaciones del economista Angus Maddison (1926-2010), la evolución de la distribución en porcentaje de PIB mundial entre el año 1 y el 2001 por grandes áreas geoeconómicas.
Se observa como Asia (sin Japón) parte de más de un 75% del PIB mundial, comparado con un ridículo 0,5% del actual Estados Unidos, Canadá y Australia juntas en el año 1 de nuestra era.
Europa Occidental, ni en la cúspide de la «pax romana» logró alcanzar el nivel de desarrollo tecnológico y burocrático de las sucesivas dinastías imperiales chinas, que además no colapsaron como el Imperio Romano.
China e India han conservado durante casi un milenio gran parte de su producción de riqueza, para ir perdiendo influencia muy lentamente en los siguientes siglos, hasta que a partir de 1820 se acentúa su descenso en favor de las potencias “matrices” de la Revolución Industrial y el sistema liberal-capitalista, esto es, Estados Unidos y en menor medida Europa Occidental.
El gráfico es impactante por la velocidad de crucero con la que Occidente logró crecer a partir de 1820 dejando a las antiguas potencias asiáticas relegadas junto con otros continentes enteros como África o América del Sur a la condición primero de «colonias» y luego de «países en vías de desarrollo».
En muchos casos sucedió simplemente que dichos países seguían con sus modelos de economía e intercambio más o menos tradicional mezclado con concesiones puntuales a la inversión extranjera, de la que sólo se beneficiaba la oligarquía (corrupta) dominante desde la descolonización, por lo que su empobrecimiento fue relativo, no absoluto, en comparación con los «países desarrollados».
Sin embargo, a partir de 1973, las sucesivas crisis ciclícas en las economías más desarrolladas han estancado su influencia en el reparto mundial del PIB, al tiempo que regiones enteras «en desarrollo» han ido abrazando sucesivamente modelos de crecimiento e intercambio de tipo liberal-capitalista.
Esta tendencia se ha acentuado en los últimos 10 años, que no aparecen en el gráfico, de forma que los países desarrollados son ahora los incapaces de seguir a los países emergentes en sus tasas de crecimiento, por lo que estamos asistiendo a un rebalanceamiento de la riqueza mundial.
Podemos entonces volver a mirar el gráfico, para comprender que, en realidad, este rebalanceamiento de riqueza al que asistimos en directo a través de lo que nos muestran los medios, viajando a enclaves comerciales en países exóticos u observando el origen de los turistas que nos visitan, no debería sorprendernos, ya que hasta el siglo XIX (dieciocho siglos seguidos) el grueso de la riqueza del mundo se concentraba en el Extremo Oriente y en los puertos comerciales (terrestres o marítimos) en la ruta hacia ese Oriente más rico.
Dicho de otra forma, que la anomalía histórica han sido estos escasos dos siglos pasados de liderazgo económico en Europa y Norteamérica, y que la inversión de la tradicional brecha entre Oriente y Occidente ha llegado en las últimas décadas a su fin ante nuestros mismísimos ojos.
Carlos C.P.
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