Hay un sentimiento de indignación, difuso, que recorre con más o menos fuerza los distintos estratos sociales, y que se adormece por momentos y vuelve a reavivarse con episodios como las recientes sentencias judiciales de Urdangarin y de su esposa. Este malestar difuso, pero concreto y cambiante, que va y viene desde hace ya unos años entre nosotros, ha alterado acaso a su pesar, el panorama político de nuestro país, pero sin tocar el fondo de las relaciones de poder social. La corrupción ya casi aburre, si no adormece, por más concreta y aplastante que resulte a estas alturas, cuando aparece en las noticias, y se empieza ya a asumir como un hecho natural o, por lo menos, como una parte de nuestra condición humana, muy difícil si no incluso, inútil y hasta peligroso, de desarraigar. Ni Urdangarin ni su esposa van a pagar, en justicia, los supuestos delitos que hayan podido cometer. ¿Pero es que podía ser de otra manera? La pregunta, no formulada, planea quizás desde el principio. Detrás de la indignación ante la injusticia acecha ya, la resignación y el deseo de pasar cuanto antes, página.

Vendrán los de siempre, como decía don Antonio Machado, “cual vuelve la cigüeña al campanario”. Los que mandan no sólo no van a pagar por los desmanes que han podido cometer en estos años, sino que se van a reafirmar en su posición, o incluso en su prestigio ante el común de los mortales. Cuando digo los que mandan, no me refiero a las personas concretas inculpadas o condenadas, que como tales, con sus nombres y apellidos, ya son irrecuperables para el orden de cosas que existe en España, y que podrán en su caso, servir incluso de chivos expiatorios, como las manzanas podridas que al apartarse del cesto en el mercado, consolidan el prestigio de honradez del vendedor que las puso antes ahí. Me refiero a sus sombras: sus valores, sus formas de actuar y de conducirse con los demás, su prestigio incuestionable, sus vidas modélicas. Todo eso acabará prevaleciendo. ¿Si no fueran mejores que nosotros, cómo habrían llegado tan arriba, donde están? Así dirá para su coleto, o para su vecino, el común de los mortales. Y, como vaticinó el otro día el señor Rajoy en el Congreso, cuando cada uno vuelva a ocuparse de sus cosas, todo esto por escandaloso que aún nos parezca, no será más que una anécdota, una página negra de nuestra historia.

Lo que esto demuestra, si es que uno está por la Justicia, es que la indignación, por sentida y colectiva que sea, nunca es una fuerza de cambio suficiente, por necesaria que sea. Que el llamado sentido común (que es el motor oculto de nuestra resignación), impulsa a los de abajo, que reconocen, intuyen, que la relación de fuerzas es abrumadoramente desfavorable para el común de los mortales frente a los dorados villanos, en el fondo héroes, o ex-héroes sociales en el imaginario colectivo. ¿No es intentar enfrentarse a la injusticia de cada día emular a don Quijote, lanzándose contra los molinos de viento? Y en parte es verdad: la relación de fuerzas es abrumadoramente favorable a los que salen todos los días en los telediarios, o mejor dicho, al pequeño grupo que estos expresan y “dignifican”, aunque sea como las manzanas podridas del cesto.

Sólo una cosa puede cambiar esto. Ya lo intuía Sócrates cuando se enfrentaba a la habilidad y a la infinita sutileza de los sofistas. Lo único que nos queda es la fuerza de la Verdad. Pero la Verdad es un arma peligrosa. Para saber y argumentar contra lo injusto de un orden social y económico dado, no es necesario estar en posesión de la Verdad última del mundo, si es que ésta existiera y si es que algún ser humano, alguna vez, pudiera llegar a poseerla. No se trata de fundar una Religión nueva, sino de volverse obstinados. No se trata tanto de ser don Quijote, sino el Sancho Panza del final del libro, que llora junto al lecho de muerte de su señor porque quiere que vuelva a coger su caballo y a empuñar sus armas, para irse como caballero andante. Es muy sencillo: que estos señores (e infantas) se vayan de rositas, mientras pobres diablos, ex-toxicómanos rehabilitados y arrepentidos, raperos, titiriteros, y un largo etcétera, llenan los juzgados y las cárceles, es sencillamente, en pura lógica, algo indefendible. Y si ocurre, es porque refleja un orden de cosas que también es indefendible. En todo esto habría que empezar a pensar, más allá de la justa y necesaria indignación. Con nuestras armas, las ideas, las palabras, las mismas armas de Sócrates (y en el fondo, también, de don Quijote). Las mismas armas que a él lo llevaron a ser condenado a muerte, y a nosotros nos amenazan con el ridículo y el silencio, frente a los dorados héroes de nuestra resignación.