Artículo escrito por Domingo Sanz, licenciado en Ciencias Políticas.

En libertad, el alma colectiva es tan insondable que la urna que desvela el secreto de un instante se convierte en un juego emocionante y adictivo para los políticos porque, al igual que en el póker, a la ilusión del triunfo contra unos competidores que se pretenden iguales se suma la estrategia posible de faroles y mentiras, que es el lenguaje aceptado por las partes para que gane el que mejor engañe.

Nuestros líderes, a falta de la categoría necesaria para llegar a cualquier acuerdo o  dominados, también los de Rajoy, por el miedo a la herencia que recibirán y aunque no lo reconozcan, prefieren seguir con la timba para ver quién es el macho más alfa de los cuatro. En este punto es cuando pensamos que bastaría con que uno de ellos cediera su silla a alguna de las  hembras de su misma lista, con o sin cremallera, para que, sintiendo el otro sexo más vergüenza por lo de molestar al personal que paga la fiesta, inventara algún remedio y pudieran evitarse las terceras seguidas, tan amenazantes que hasta ya se maneja una fecha de noviembre que no repetiremos, para no hacerles publicidad.

Tiene su explicación que a Rajoy, Sánchez, Iglesias y Rivera les guste tanto lo de que vayamos a votar pues, a lo del vicio lúdico que antes decía, se añaden dos fenómenos interesantes que no fallan nunca a partir del mismo momento en que se nos convoca.

El primero es que nosotros, la masa, también llamada “el pueblo soberano” pero con las orejeras puestas, nos ponemos a mirar solo hacia delante y nos olvidamos de premiar o castigar a los culpables del fracaso anterior según el grado de responsabilidad que cada uno tenga. De lo contrario, del 26J serían tan incomprensibles los resultados que anunciaban las encuestas como lo fueron los reales, que tanto sorprendieron. Es tan fuerte el deseo del político por conseguir ese indulto del electorado y tan débil su carne, que presentar cualquier excusa que active los desacuerdos para volver a las urnas es una tentación muy difícil de resistir.

El segundo fenómeno es que, automáticamente, regresa el alto el fuego al interior de los partidos y se fuman la pipa de la paz sin respirar. A ver quién es el guapo, o la guapa, que en plena campaña pone en tela de juicio las actuaciones del líder. La versatilidad del idioma y la infinitud de la demagogia permiten siempre, ante cualquier periodista impertinente, inventar la respuesta que convierta en coherente lo que en ocasiones no es sino una idiotez solemne.

Así que, tras tantos años de democracia asustada durante los que, salvo en 2004 por el 11M, nunca se alteró lo previsto, resulta que nuestros políticos parecen ahora tentados a seguir jugando hasta que las cartas les coloquen cómodamente en un futuro para cuatro donde antes solo cabían dos. Y sin hacer el menor sacrificio.

Pero quizás se han equivocado, como tantas veces les ocurre a los ególatras, y no hay líder que no lo sea en alguna medida. Lo que para ellos es un juego hasta llegar a las urnas puede que, en realidad, cuando se abren lo que salga sea una lista de personas obligadas a responder a las preguntas de un examen largo, siendo la primera la de demostrar que son capaces de ponerse de acuerdo para gestionar lo nuestro.

No cabe la menor duda de que todas, las terceras, las cuartas, las quintas y hasta las enésimas elecciones generales serían perfectamente legales. Pero no es menos cierto que la imaginación, el sacrificio y la valentía caben perfectamente en la legislación vigente, y que una sola decisión de cualquiera de los cuatro tendría la virtud de desbloquear la formación de algún gobierno que, aunque solo fuera provisional para arbitrar lo más urgente, siempre sería mejor que uno funcional, como el que “tenemos”, que ni sabe, ni contesta, ni se siente obligado a otra cosa que no sea la inercia.

Estoy convencido de que si se preguntara a las personas que caminan por la calle sobre qué decisión política podría tomar cada uno de los cuatro líderes para facilitar lo del gobierno, muchas respuestas serían coincidentes. Pero ellos no las encuentran. Por mi parte, atacaré de nuevo el asunto dentro de quince días o veinte días y, si no hay cambios, contaré algunas de las ideas que se le ocurrirían a cualquiera.