A Dios no se le ha exigido nunca nada más que el diseño de un buen plan para salvar a la humanidad. Fin del resumen de las ensoñaciones humanas con respecto a la deidad. Y aunque la Política parezca constituir el instrumento más capacitado para cegar de esperanza la oscuridad, no fue otro sino el economista y filósofo Karl Marx, el que consideró que la Economía -y no la Política- dominaba con solemnidad el resto de las estructuras de la sociedad.

Será por ello que las dificultades para atravesar las distintas etapas de la Historia Universal no hayan residido nunca tanto en modificar los patrones políticos e ideológicos de la sociedad, sino en transformar las relaciones de poder -económico-  que, siguiendo a Marx, consiguen determinar absolutamente todo lo demás.

En España nos encontramos en la actualidad con un ambiente económico, político y social que emite en baja frecuencia rumores de aproximación de una nueva transición. Las insuficientes reformas legislativas no han logrado paliar un penoso sufrimiento social que, absolutamente enquistado, ha acabado por generar consecuentes subproductos ideológicos, tal y como era de esperar.

También se da la circunstancia -o la circunstancia se da- de que al mismo tiempo que se desmorona la resistente cúpula institucional, una entusiasta alternativa con posibilidades reales de gobernar irrumpe en el panorama nacional; su loable objetivo ha de ser el de redefinir la asquerosamente insana relación de subyugación existente entre los poderes político y empresarial.

Sería en consecuencia un error que, vislumbrándose con muy alta probabilidad la cristalización en el futuro próximo de un contexto favorable hacia la optimización social, las propuestas que hasta ahora se han podido concretar acaben diluidas y rebajadas hasta el punto de no ser capaces de erradicar, con eficacia y prontitud, las abrumadoras desigualdades generadas por el actual modelo de acumulación y producción.

La ambición que debe guiar este proceso ha de consistir, exclusivamente, en plasmar con absoluta claridad la clase de Estado que sea posible alcanzar. Solamente así, permaneciendo fieles a unos criterios de mínimos caracterizados por la irrenunciabilidad de ciertos principios, será posible, quizás, abordar la transformación que tanto desea la mayoría de la sociedad.